Editorial: Una vieja historia nueva

Son muy pocos los que toman de verdad en serio el tema mapuche. A ratos da la impresión que los chilenos nos hubiéramos acostumbrado a convivir con ese conflicto, semejante, para algunos, a la presencia de una plaga o una peste, o cualquier otra infección que se combate con antibióticos (Fuerza Pública) cuando ataca. Algo así como una enfermedad que habitara en el aire de La Araucanía, una especie de maldición. Abundan los que, aunque no lo reconozcan en público, creen que el problema pasa por terminar con ellos, no matándolos, sino dándoles a entender -por las buenas o las malas- que ellos son iguales al resto, que se confunden al defender una personalidad colectiva y que eso de la lengua y las costumbres ancestrales, como demostraría la historia del poder, están llamados a sucumbir bajo la fuerza del invasor triunfante.

Otros se limitan a argüir que el problema es la raza, su alcoholismo, su flojera, su tozudez, y a esa gente “tan soberbia, gallarda y belicosa” que en tiempos de Alonso de Ercilla merecía incluso la admiración de sus enemigos, ahora que la poesía vale menos la consideran terrorista, porque nada tienen que defender en medio de la civilización que los intenta destruir. Hay, de otra parte, quienes sucumbiendo al mito de la pureza primitiva, se contentan con ver en toda organización indígena la bondad mancillada por el progreso y el capitalismo. Olvidan que entre los mapuche hay una diversidad de pareceres tan amplia como al interior de sus familias, y les faltan el respeto tratándolos como niños, cuando en realidad constituyen una comunidad tan compleja como la propia. Basta informarse un poco para constatar que al interior del mundo mapuche se viven hoy por hoy conflictos que tienen un paralelo sorprendente con los del país que los cobija… o desampara. Han aparecido grupos de jóvenes “anarquistas” que no obedecen a ninguna de las organizaciones tradicionales del Wallmapu. Grupos delincuenciales en medio de la gesta reivindicadora que, según investigaciones del ministerio del Interior, queman bosques o camiones, o roban madera a pedido de empresas forestales que tras cobrar sus seguros se las vuelven a comprar “por la izquierda”, como dicen los cubanos.

Discursos revolucionarios con ganancias capitalistas; discursos capitalistas que aumentan sus utilidades abonando actos “revolucionarios” que denuncian por la televisión. Hay mapuche con los que he conversado en estos días que manifiestan su preocupación y extrañeza con esta mezcla de religión y política que algunos le están dando al caso de Francisca Linconao, preocupación que para nada disminuye la sensación de abuso que encierra, de desigualdad de trato, de extrañeza ante un país que parece más atento a la vejez de sus torturadores que al estado de salud de una machi, a la que ya nadie cree autora material del delito que se le imputa.

Pocos saben que su hermana Juana trabajó toda la vida como empleada doméstica en la casa de los Luchsinger. En fin, lo que a mí me extraña es que el tema mapuche se siga tratando como una suma de episodios aislados, y que nadie se atreva a abordarlo como lo que es: un conflicto político irresuelto, uno del tipo de otros muchos que irán apareciendo en el futuro, donde un Estado de otro tiempo se verá obligado a entenderse con grupos que exigen su derecho a una complicidad que no necesariamente todo el país comparte. Lejos de tratarse de un problema del pasado, el conflicto mapuche nos pone ante un tema del futuro. Urge enfrentarlo.

Fuente: The Clinic